miércoles, 9 de octubre de 2013

La primera vez que escuché esta frase fue de la boca de mi padre Enrique Roy Avellán Solórzano, quien luego procedió a contarme el origen de la misma.

Mentalmente tenemos que trasladarnos a una cancha de fútbol ubicada en Bahía de Caráquez mientras se desarrollaba un partido entre Bahía y Calceta con un marcador adverso de 11 contra 0 cuando ya se jugaban 35 minutos del segundo tiempo y el conjunto local había hecho todo para poner en ridículo a los visitantes, que ponían algún esfuerzo por lograr anotar en la portería rival, mientras los asistentes disfrutaban por las ocurrencias de algunos que gritaban “paren esa masacre”.

El tiempo siguió su inexorable marcha y cuando se jugaba el minuto 88, el jugador de Calceta Darío Montesdeoca logra un lanzamiento libre desde unos 25 metros y mete la pelota en el arco de Bahía y algunos segundos después de la anotación que ponía el marcador once por uno, se escucha el grito lacerante y convincente de Justino Loor (cuyo apodo era “mayor Tufiño”):

¡AL EMPATE CALCETA!
Entonces el público que de Bahía era la mayoría se destornilló de risas que se escuchaban más que el pito del árbitro que dio por terminado el partido con el marcador anotado. Pero el grito y su eco que superó los años y las distancias, siguió repicando y repicando en el tiempo y en el espacio:

Al empate Calceta, al empate Calceta.
Si alguna vez desean expresar sus esperanzas contra la adversidad y/o muy bajas probabilidades, esta sería una buena frase para utilizar.



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