La primera vez que escuché esta frase
fue de la boca de mi padre Enrique Roy Avellán Solórzano, quien luego procedió
a contarme el origen de la misma.
Mentalmente
tenemos que trasladarnos a una cancha de fútbol ubicada en Bahía de Caráquez mientras se
desarrollaba un partido entre Bahía y Calceta con un marcador adverso de 11 contra 0 cuando ya se
jugaban 35 minutos del segundo tiempo y el conjunto local había hecho todo para
poner en ridículo a los visitantes, que ponían algún esfuerzo por lograr anotar
en la portería rival, mientras los asistentes disfrutaban por las ocurrencias
de algunos que gritaban “paren esa masacre”.
El tiempo
siguió su inexorable marcha y cuando se jugaba el minuto 88, el jugador de
Calceta Darío Montesdeoca logra un lanzamiento libre desde unos 25 metros y
mete la pelota en el arco de Bahía y algunos segundos después de la anotación
que ponía el marcador once por uno, se escucha el grito lacerante y convincente
de Justino Loor (cuyo apodo era “mayor Tufiño”):
¡AL EMPATE CALCETA!
Entonces el
público que de Bahía era la mayoría se destornilló de risas que se escuchaban
más que el pito del árbitro que dio por terminado el partido con el marcador
anotado. Pero el grito y su eco que superó los años y las distancias, siguió
repicando y repicando en el tiempo y en el espacio:
Al empate Calceta, al empate Calceta.
Si alguna vez
desean expresar sus esperanzas contra la adversidad y/o muy bajas
probabilidades, esta sería una buena frase para utilizar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario